jueves, 25 de septiembre de 2008

malabar

Siento llegar el tiempo a mis pesares como un soplo helado que nace de la nada en la mitad de la noche. La soledad es parte del mañana y mi memoria no hace mas que desgastar las historias del pasado. Mi compañera, mi fiel amante, mi beso amado, el beso de aquel amor anhelando y por el tiempo olvidado. Mi soledad, néctar del opio imaginario que nace de mis dedos y abraza mis cabellos. Equidad parentesco con el desamor, con la desdicha y el desapego; el amor del sostenido que no callaría aunque se enamorara de un grito. Verso sin cabeza, sin pies ni manos, mas no le sobran las mejillas para recibir engaños. El tren se va y siento llegar la noche. El frío se apodera de las manos y en ellas habita la niebla. El palmoteo al aire agarrando suspiros fugados; el aleteo al tiempo que suspira mariposas de ensueño levantando vapor de lágrimas y polvo. Saliva lasciva que roza la primavera con aires de despojos malogrados. Lágrima mal vista y desvestida por la venganza de un flagelo sin precedentes. El sol, luz de cobardes, de los que añoran tener el apoteósico virus del tiempo. El sol, dios de los astutos que supieron llevar las horas a sus cobijas, peripecia de un don desempleado, de caballos incendiarios y engañados.

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