Se extinguirá la llama del sol de medianoche cuando los cocuyos abandonen sus faroles en el mar de sus penurias.
Se alzarán las voces de los gritos aplastados por los pies del muerto cuando la tierra se levante y decida acabar con el esperpento en el que se ha convertido el hombre.
No existe malicia sin perjurar, no hay abismo sin atacar, no existe silencio sin malgastar.
Tal vez mañana el sol despertará cuando la luna aun esté despierta y su amor prematuro arrasará con el mundo en un choque de cuerpos celestes que sacará de órbita a nuestros ojos y demás cenizas victimarias.
El poeta rueda y piensa, se resbala en su lengua. Juega y se levanta, llora después calla. Vive, camina, se cansa de mirar; se desliza entre los telones de la farsa y aterriza entre los terrores de su maga. Canta, ríe, sopla, retoma y suspira para decidirse por renunciar. Toma y rechaza. Perdona y se arrepiente de perdonar. Revive y adormece desdoblando su milicia.
Es lo que hace el poeta en el primer trazo de la primera letra.
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