domingo, 31 de enero de 2010

Estado de coma

El frío recorre mis recuerdos. Siento que mueren. Desearía preguntarme qué sucede, pero en realidad no quiero saberlo. El tiempo recorre el infinito mientras veo la sangre correr por las calles, por la sed, por la fama. A veces quisiera no pensar tanto para no caer en el diluvio de palabras en el que se vuelve mi cabeza. Quisiera no saber que existo ni de qué estamos hechos para no preguntarme si algo de esto tiene remedio. El dolor por las almas que corren y no avanzan y por la triste sábana envuelta en el calor de la soledad impía me confunde.
Quisiera no saber que el sol existe para no despertarme cada día pensando en si seguirá despierto. La barba del viejo va creciendo entre los azahares que nacen de sus manos enredada en sus uñas rajadas, sucias, unas cortas otras largas, con cadáveres de moscas que saca de su cabeza. La princesa mira por la ventana. Recién se destetó de la superficie lunar. Ahora crece entre las nubes y la pestañina corrida de tanto llorar. El perro escapa de los autos de la autopista huyendo de la triste manzana que se aprovecha de su hambre y que lo llama implorable, desahuciada, lastimera. Una gaviota se pierde entre las olas, regresa con el viento, recorre el universo con sus alas trasnochadas, se estrella contra la indiferencia de los transeúntes.
Las palabras viven sobre la porquería de las extrañezas, en el fango de los tristes tigres hambrientos. El robusto callejón sin salida es la opción mas cercana para el hombre que se alimenta del desasosiego inclemente de la dulzura.
La sangre no llega a los cordones de mi decencia.
Decapitaron un halcón esta mañana mientras subía a la cima de sus miedos. Quizás fue alguna bengala envidiosa por su fortuna.
La sanguinaria ineficiencia de mi voluntad no me llega a los talones. En cambio vomita perdigones que se desprenden en mi ausencia.
Tengo el sombrío recuerdo de una guitarra malograda y solitaria. Qué será de aquella niña sobreviviente que conocí en el laberinto?